sábado, 15 de julio de 2017

El Bolívar de José Enrique Rodó por Eloy Reverón

Hoy es un día propicio para recordar la presencia de José Enrique Rodó en la Historia de la Filosofía de Nuestra América. Alguien que haya llegado al mundo un día 15 de julio de 1871 con su nivel de formación intelectual y con apenas 45 años de vida, es digno de ser recordado, y aunque el 1 de mayo próximo pasado se cumplió un siglo de su partida al Oriente Eterno, no hemos percibido suficiente eco del merecido recuerdo que merece.

San Bernardino rindió en su momento a
José Enrique 
La vida no es fortuita colocando a las personas con las capacidades natas en los lugares adecuados. Imaginen a un joven que desde su temprana edad alberga los gustos por la historia y la literatura pero sus estudios se ven obstaculizados por la muerte de su padre en plena adolescencia. José Enrique se vio obligado a trabajar a los catorce años de edad como escribano. Se inicia en los misterios de un oficio donde tiene la obligación de dar fe de la autenticidad de las escrituras y de los actos públicos cuya veracidad es necesaria explicar por escrito. El producto de dicha experiencia se vio reflejado en su actividad poética y de crítica literaria al punto de ser fundador, junto con un destacado grupo de intelectuales uruguayos, de la Revista Nacional de Literatura y ciencias sociales.

La característica esencial de los temas más recordados de sus primeros artículos es la de su extraordinaria capacidad para dar fe del sentimiento de malestar social vivido en su época, el cual marcará influjos notables en la generación de relevo, nada menos que la juventud que realizó la renovación universitaria en la Córdova, Argentina. Los pensadores de hilado fino le atribuyen a su obra la facultad esperanzadora de ilustrar la espera de un redentor capaz de establecer una nueva vida fundamentada en el amor, la armonía para la paz entre los seres humanos.


Aunque su actividad política en el partido que fundara el prócer de la independencia uruguaya, José Fructuoso Rivera, pueda ser catalogada como más intensa que duradera, es su producción intelectual la que más fuerte irrumpirá sobre filosofía latinoamericana del siglo XX. Según los estudiosos de su obra, como Gilberto Merchán,  es Los Motivos de Proteo, donde desarrolla el ideal de regeneración, donde el individuo debe aspirar a la perfección y a ideales altruistas, y donde el interés personal declina ante la alternativa de un balance armónico de la vida.

El Mirador de Próspero, Rodó refiere al personaje principal de La Tempestad de Shakespeare, entre los ensayos que publicó en esa oportunidad está el artículo que centró nuestra atención sobre este libro, destacamos “Bolívar” esboza una interpretación del personaje desde nuestra óptica, pero que además lo explican como pocos en nuestros medios.  Bolívar como héroe por excelencia de la unidad hispanoamericana que personifica lo que hay de peculiar y característico en nuestra historia: “Es el barro de América atravesado por el soplo del genio, que transmuta su aroma y su sabor en las propiedades del espíritu, y hace exhalarse de él, en viva llama, un distinta y original heroicidad.” (El Mirador de Proteo:122)  No estableció diferencia entre unidad y emancipación que Rodó tiene el tino de señalar como dos fases de un mismo pensamiento: “La América emancipada se representó siempre a su espíritu, como una indisoluble confederación de los pueblos (…) en el concreto y positivo de una organización que levantase a su común consciencia política que levantase a común consciencia política las autonomías que determinaba la estructura de los disueltos virreinatos.”(Idem) Es la agudeza del enfoque de Rodó para percibir que Simón Bolívar, ya desde 1813 asume el gobierno en nombre de Nuestra América y destaca cómo se asoma en su política la idea de la unidad continental. Su precisión al catalogar a la Caracas palaciana y académica de los últimos días de la Colonia.

Gilberto Merchán  Autor de:
El regreso de Ariel y otros ensayos

 
En una obra publicada en Valparaíso, puerto de Chile, faro de la cultura suramericana, que ha albergado a notables filósofos de nuestra América como Simón Rodríguez.  A comienzos de la década de los setenta, el venezolano Gilberto Merchán publicó un libro, cuya edición es considerada como un libro raro, porque fue incinerada junto a la de los filósofos e historiadores, poetas y novelistas del pensamiento crítico latinoamericano, por los milicos y esbirros de la dictadura militar comandada por Augusto Pinochet. El libro en cuestión El regreso de Ariel y otros ensayos.


En ese libro merchán destaca la importancia de la obra de Rodó en su crítica a Bolívar y Montalvo. Me llamó la atención, que sobre la difusión del pensamiento de Simón Bolívar sobre el estadounidense Richard McGee Morse (1922-2001), profesor de la Universidad de Columbia, y de la Universidad de Puerto Rico, quien fundamenta en la Obra de José Enrique Rodó. La referencia es El espejo de Próspero, el mago de la tempenpedad de Shakespeare apoya completamente su trabajo académico sobre la obra de Luis Enrique Rodó.
  

Dejaremos para una segunda parte de esta modesta conmemoración este breve esbozo que nos permita iniciar un diálogo con nuestros contertulios para ahondar en este pensamiento que transmite, una historia con vocación de actualidad. Aquí está después de cien años de su despedida, la misma historia, el mismo proceso de una América que espera por la unión y la integración de unos pueblos que están sometidos por otro tipo de cadenas, por unos iluminados que cuando se sitúan ante la verdadera luz le tiran piedras que no alcanzan apagarla porque no pueden verla. Pero allí está Rodó contemplándonos como Diógenes con su lámpara, llevándola eternamente para desvanecer las sombras.

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