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domingo, 10 de febrero de 2013

La ceiba del vizcaíno está de cumpleaños Eloy Reverón

(Foto Eloy Reverón)
Mis vecinos de la avenida Manuel Felipe Tovar celebran el cumpleaños del árbol que sembró el fundador del taller de los frenos que se encuentra al pasar la ceiba, ya subiendo hacia la heladería de la Crema Paraíso, en San Bernardino, Caracas.
Pocos recuerdan en la zona que la quinta La Palma, donde hoy está una agencia de festejos del mismo nombre fue la casa de Campo del Conde de Tovar. Casa donde funcionó entre 1958 hasta 1966, el colegio Tirso de Molina. Hoy debería ser museo de arte colonial como Anauco Arriba y la Quinta Anauco.
Hasta avanzado el siglo XX, ese lugar fue conocido como El Paraíso, según una colección de planos de Caracas publicada en 1967. El nombre de El Paraíso proviene de una tradición templaria de la Orden de los Caballeros de Santiago, vinculada al vallisoletano del Puente, mentado don diego de Lozada, quien según los rumores históricos, no fundó ciudad alguna, porque el sitio fue establecido por él como cuartel, al encontrar el punto estratégico entre el río Caroata y el río Catuche, el Anauco y el Guaire, los cuatro ríos de El Paraíso que señala la tradición.
Después de un cuarto de siglo de resistencia india, tratando de incursionar en el valle del Guaraira Repano, ubicado entre La Guaira y El Guaire, valle sagrado de los Kariña (los hombres), célebres por el grito Ana Kariná Roté, amucon papóroto itoto nantó, valle sagrado para ellos no solo porque abundaba la pira, sino porque se concentraba la fuerza vital de Natura, en su máximo poder, un sitio de poder, como diría Carlos Castaneda. Suena lógico: el asedio de Guaicaipuro no dio tiempo a protocolos para la fundación de la ciudad, y por tal razón nunca encontraron el Acta de Fundación de la Ciudad. El mestizo Francisco de Fajardo había logrado penetrar porque su lengua materna era la misma que hablaba su tío abuelo Naiguatá y su abuelo Charaima. La forma como llegó con sus primos meztizos está reservada para otra reseña. Hago la referencia histórica para que tengan una idea y un testimonio de la manera como nos estamos comiendo El Planeta. Que no es cuestión de campañitas contra el Gobierno, es una tradición de cinco siglos, incrementado la violencia contra la vida en nombre del dios pagano del siglo XX, el desarrollo, antes el progreso, hoy la globalización. Siempre valió más un barril de petróleo que un árbol, que produce oxígeno y vida por siglos.
En abril de 1963 llegamos los Reverón García al Terepaima, conjunto residencial diseñado por un arquitecto de apellido Toro, discípulo de Carlos Raúl Villanueva ubicado en el primer arco de la avenida Manuel Felipe Tovar. Había entonces en la avenida un silencio interrumpido por el canto de las chicharras que tenían su hábitat en un túnel vegetal conformado por una hilera de samanes que comenzaba con el más joven de ellos que se encontraba, llegando a la redoma, donde ahora vive la Ceiba, y por donde discurrían algunos automóviles; no existía sino en los planos de Pérez Jiménez, la avenida Boyacá.
Según me contaba el profesor Izquierdo cuando solía encontrarlo en la ruta de la Loma del Viento, hacia el cerro de Papelón. En el archivo de la iglesia de San José, él había encontrado un documento donde constaba que el conde de Tovar había pagado al alarife de aquella iglesia para que sembrara los samanes, a fin de marcar el lindero de su condado con el de las propiedades del Marqués del Toro, a mediados del siglo XVIII. La edad que tuvieran los samanes no viene al caso, lo relevante es la inconciencia de los alcaldes que ya existían cuando los derribaron. También es verdad que se fueron cayendo sobre los carros en tiempos de lluvia, por negligencia, por no atenderlos. Pero aún seguimos creyendo que El Planeta es eterno.
Cuando mi tío abuelo, Pablo Delgado nos visitó la primera vez al Terepaima, buscaba inútilmente entre retazos del paisaje que reconocía su recuerdo: una tarde de 1808, cuando un amiguito que venía con él en una excursión a la hacienda de San Bernardino, murió ahogado en un pozo que después supe que estaba detrás del edificio Farol.
Vale la pena recordar que la rivera del río Gamboa donde sembró el alarife los samanes, se extendía por detrás del taller de los frenos en un pequeño cañón que se apreciaba entre la colina sobre la cual posa la quinta La Palma y la colina más grande donde posa el hotel Ávila, espacio que hoy ocupan, la avenida y dos hileras de edificios desde cuyas ventanas casi se tocaban las ramas de los árboles. Quiero hacer notar que según la referencia documental, la avenida Manuel Felipe Tovar está ubicada sobre el cause original del río Gamboa, afluente del Anauco y que está ubicado a una cuadra subiendo por la avenida Anauco, frente al Instituto diagnóstico y la Clínica Santa Ana. Por eso cuando llueve, la geografía recuerda sus caminos de agua, y la avenida inunda hasta las aceras.
Un poco más al sur, donde convergen la avenida Anauco con la Paraíso y la Vargas, se ubicó Manuel Cabré para pintar su cuadro titulado Gamboa Arriba. Próximo al encuentro o convergencia, o desembocadura del Gamboa sobre el Anauco que hoy pasa por debajo de la avenida Cecilio Acosta. Así se aprecia en la historia el deterioro de la Tierra. Celebrar la vida de un árbol, es tan importante como evitar su tala. Es allí donde está el sentido de la celebración de los vecinos. Es el saber popular que afirma que cada árbol menos son tantos centímetros cúbicos que baja el nivel de la represa del Guri.

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